jueves, 29 de enero de 2009

La guerra de los balcanes, la posmodernidad y el localismo optimista (más la cursilería)

¿Así, o más largo el título? No lo puedo evitar: soy una rollera incurable. Desde los títulos...al menos, como diría Susanita, mis títulos dicen sin tapujos lo bestia[lmente largos] que [mis rollos] son.
Llevo unos días acordándome de Humberto Morales, mi maestro de "Revolución Industrial" y de "Revolución Francesa" de la licenciatura. Aunque admiraba con delirio a Luis XIV, reconocía que no era él, sino la máquina de vapor, la que había hecho enormes contribuciones para convertir al mundo en lo que es hoy. (Uy, ahora que lo pienso, más bien estaba disculpando a su despótico favorito.)
No recuerdo que mi maestro usara la palabra "posmodernidad", pero era bastante escéptico respecto a la especie humana, así que supongo que, de hecho, era un posmoderno. Para variar, estoy hablando de temas que no domino. Pero si algo caracterizó a la modernidad fue su confianza en la evolución, la mejoría casi inevitable de la especie humana.
La posmodernidad es lo que le pasó a la modernidad una vez que la realidad le robó la inocencia. Deriva, entre otras cosas, del desencanto (por decir lo menos) de la posguerra. Ciertamente, el uso que Hitler hizo de las ideas de Hegel (que fue, entre otras cosas, un moderno por excelencia) no deja mucha cabida al optimismo respecto a la humanidad...ahí es donde la posmodernidad entra en escena. La especie humana no necesariamente se mejora a sí misma. La historia no es lineal, no vamos avanzando. Más bien es cíclica, lo que aparece en un momento puede desaparecer, para reaparecer (o no) más tarde. En las últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI, los historiadores que respetan la realidad difícilmente pueden ser optimistas...
Y por cierto, mi maestro no lo era. Creo que me dio clase en 1999 y recuerdo que se refirió con insistencia a la guerra de los Balcanes. Para él, era el mejor ejemplo actual de la falacia de las unidades nacionales. Como ejemplos "modernos" (es decir, no muy nuevos) citaba a España y a Canadá, ambas con grandes comunidades deseosas de independizarse, a pesar de que no les va tan mal, como parte de un todo más grande. Don Humberto enfatizaba que ni la religión había logrado unir a esas comunidades con las otras que oficialmente eran parte de lo mismo -mucho menos el culto a los héroes que oficialmente les dieron patria a todos, ni el himno nacional común.
Pero su mejor ejemplo era la guerra en una Europa que se había prometido a sí misma no repetir la tragedia de la Segunda Guerra Mundial (¿por qué será que hay que escribir Guerra, con mayúscula?). Para él, el desastre de los Balcanes demostraba que la razón siempre acaba perdiendo la guerra contra los prejuicios. Los seres humanos no aprendemos y cosas como la raza, el idioma e incluso el acento y los modismos, las sutiles diferencias que hay entre las costumbres de un pueblo y de otro, aunque oficialmente pertenezcan al mismo país, pueden ser razones suficientes para considerar al otro un extraño y, si es preciso, deshumanizarlo, en aras de la lucha por la propia individualidad.
Nunca le pude refutar ese ejemplo a mi maestro y, por otro lado, estoy de acuerdo con él (y con muchos otros) en que se necesitaría bastante ¿valor, ignorancia, inocencia, autoengaño? para mantener el optimismo que tenían los modernos. Pero, por lo visto, sí tengo algo de eso, porque sí quiero creer que hay posibilidades alternativas. El otro día una amiga de la ciudad donde ahora vivo me dijo que escribir este blog, lejos de alejarme de mi actual ciudad, me acerca más a ella, y creo que en cierta forma tiene razón.
Me gustan las historias de Tabasco porque tienen mucho que ver con mi vida, pero disfruto igualmente las historias de cualquier otro lugar, contadas por gente que quiere y se siente de alguna, o de muchas maneras, ligada a ese lugar. He vivido en otros lugares y sé que hay muchas maneras de pertenecer y también, que uno se puede seguir sintiendo fuereño por aaaaaaaños. Creo que estas pequeñas historias son mi intento de tener el corazón puesto en más de un lugar a la vez, de seguir dándole la bienvenida a una realidad diferente de la de mi infancia, sin anularla.
Mi escéptico maestro tenía muchísima razón. Pero creo que también la tienen los que dicen que todos somos migrantes y mestizos (yo se lo oí decir a Lothar Knauth). Quizá sí se puede pertenecer a muchos lugares a la vez y reconocer a los otros sin odiarlos. Ojalá.

4 comentarios:

  1. Te lo digo yoooo, pero eso de sentirme inglesa.... NO f***** way!!!

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  2. Ay, Bertiux.....tus ingleses son mis poblanos, ja....bueno, quizá puedas sentirte un poco canaria? ya tenemos mucho en común con ellos, no?

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  3. Hola! Me gusta lo que escribes, y más todavia si lo haces por placer, pues esto te libra del compromiso de formar criterio u opinión, tu lo que quieres es...comunicar tus vivencias y reflexiones. Y este último blog me motivóa hacerme una pregunta... en qué momento de la historia humana empezaron a surgir las barreras de cultura, cosmovisión, idiomas etc, claro, si aceptamos la idea de tener un mismo origen. Por otra parte, me gustaría sber que opinas de la expresión "ciudadano del mundo", la primera vez que la escuché fue en un concierto del cantante Alberto Cortés, ahí, por primera vez, cobré conciencia de que desde pequeños se nos educa para tener una identidad, que nos hace diferentes, pero que nos queda lo netamente humano que nos permite sentirnos bien y disfrutar de los "otros" cuando estamos fuera de nuestro pais, oen contacto con extranjeros.Sigue escribiendo...

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  4. Muchas gracias! Mmm, probablemente la respuesta a la pregunta en qué momento sea para ponernos escépticos...luego luego! Por lo que he leído, en cuanto un grupo logra asegurar la satisfacción de las condiciones mínimas de subsistencia, aparecen los que se quieren sentir mejores, diferenciarse del resto...ese es el problema con las identidades, siempre está el peligro de sentirse superior a los demás...las identidades se construyen, hay muchas maneras de sentirse tabasqueño, mexicano, latinoamericano, terrícola...
    Por otro lado, a mí me parece que uno puede convivir con "el otro" incluso en su misma ciudad o pueblo...claro que se nota más cuando estás en un lugar muy distinto, pero a mí acordarme de mis amigas de infancia y sus acentos y palabras distintos a los míos me hace ver que, sin saberlo, "las otras" ya estaban ahí...y todas contentas!

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