Es decir, de cierto sur, más allá de otros sures.
"Tabasco está en el sureste de México. Limita al norte con el Golfo de México, al este con Campeche, al sur con Chiapas y Guatemala y al oeste con Veracruz", me hacían recitar cuando estaba en cuarto de primaria. De todos los anteriores, mis papás (en este caso, dignísimos representantes de la clase media tumbapata a la que pertenecían, pertenecíamos) sólo estaban familiarizados con Veracruz. Pero eso fue un poco más tarde en mi vida. Todos (casi) los caminos vacacionales de mi más temprana infancia conducían a Mérida. La fijación tabasqueña y familiar con Mérida da para otro(s) post(s). Éste es para hablar de mis tardíos pero fascinados encuentros con los lugares que están al sur de Tabasco, esos vecinos que me fueron ajenos, gulp, hasta que estuve bien instalada en la vida adulta...cuando ya ni eran mis vecinos.
Llevo como cinco años siendo admiradora delirante de Oaxaca, de San Cristóbal y de La Antigua. Y tengo conflicto al respecto, porque sé que lo que me gusta de las tres no deja de ser una versión paradisiaca y artificial para turistas...pero ¡qué preciosas versiones artificiales, cada una a su manera!
Para mí, ir a cualquiera de esos tres lugares es sentirme estúpidamente feliz sólo de caminar y caminar y perderme por ahí, o de sentarme, muerta de cansancio en algún café a mirar a la gente, o de probar comida a la que no estoy acostumbrada -en el caso de Oaxaca, definitivamente es comida a la que encantada de la vida me acostumbro desde el primer bocado.
Pero también, estar en cualquiera de los tres es como ver a través de un lente de aumento a México, o a Guatemala...una muy amplia oferta turística y cultural para gente (como yo) que es feliz al sentirse capaz de valorar la individualidad de esos lugares, capaz de disfrutar lo único de sus construcciones, de su comida, de sus incríbles textiles y de las muchas huellas de su pasado...pero me temo que al ser turista ahí, sin querer, también contribuyo a aumentar la brecha, las muchas desigualdades locales que no tienen para cuando ya no digamos acabarse, sino siquiera disminuir....Ni con la enorme derrama económica que para unos cuantos supone el negocio del turismo.
"Las élites siempre se entienden entre sí", van dos posts seguidos que cito a Lothar Knauth y creo que sí, las élites de Oaxaca, San Cristóbal y La Antigua (igual que las de cualquier otro lado, incluyendo las tabasqueñas) han acabado identificándose -hablando de identidades- mucho más con las élites que han llegado a invertir desde otros lados que con sus paisanos de nivel más bajo.
Recuerdo que en La Antigua me empeñé en probar la comida guatemalteca -no podía creer que hubiera un montón de restaurantes "fusión" ¿habrá comida que no lo sea?, asiáticos y hasta un pub irlandés (donde hacían un curry buenísimo), ¡y no veía restaurantes guatemaltecos por ningún lado! Fui a dar a "La cueva de los Urquizu", donde había comida muy rica, con ingredientes frescos que tenían, todos, pinta de locales....pero a precios más allá del alcance de la mayoría de los guatemaltecos.
Y bueno, "Todo retrato es una suerte de autorretrato," así que mi furor oaxaqueño-coleto-antigüeño me pone un poco frente al espejo...y creo que, en el fondo, mi gusto por ese sur es el alter ego del gusto que mis papás -y muchos tabasqueños de su generación- aprendieron a sentir por Mérida...
Villahermosa, igual que Macuspana y los otros municipios "criollos" tabasqueños, estaba a medio camino entre una y otra versión del sur, la de la Península de Yucatán y la que llevaba a la Capitanía general de Guatemala...Incluso hoy, en Chiapas, igual que en Tabasco, se toma pozol. En Oaxaca, a los turistas se les ofrece chocolate batido con leche, pero los oaxaqueños lo siguen tomando con agua (aunque cada vez menos). En Guatemala, como en Tabasco, se dice "sencillo" -no "cambio" ni "feria"-, se conoce el cocoyol -pero le dicen coyol, los desayunos se acompañan con plátanos fritos y se toca la marimba.
Pero la clase media tabasqueña de 1950 prefería mirarse en otro espejo...en uno donde el recuerdo de una casta divina se seguía sintiendo en una avenida como la Montejo, en platillos como el queso relleno (qué deliciosa es la comida yucateca) y en donde la gente tenía fama, bien ganada, de tener el nivel cultural más alto de todo el sureste.
Y me pregunto si yo hubiera tenido el interés -más bien, fascinación- que tengo por Oaxaca-San Cristóbal-La Antigua si no se me hubieran adelantado varios "alternativos"...para los tabasqueños de mi generación, Mérida ha perdido todo el interés -¿para qué ir ahí si sólo un poco más allá está Playa de Carmen?-, pero "todo mundo" ha ido a San Cristóbal al menos una vez. No puedo evitar pensar que esto difícilmente habría sucedido si los europeos no hubieran "descubierto" San Cristóbal, a raíz de la insurgencia zapatista. El San Cristóbal de hoy, con su amplia oferta de clases de español y de salsa, su panadería alemana, sus anuncios en italiano y sus calles llenas de turistas internacionales, debe de ser muy distinto al de antes de 1994....cuando, por alguna razón, los tabasqueños aún no lo habíamos vislumbrado en la medida en la que hoy lo hacemos.
Los gustos nunca son del todo individuales, ajenos a la realidad cotidiana, al mundo que nos rodea. La clase media tabasqueña de mediados del siglo XX estaba consciente de su asimétrica relación histórica con Mérida y la siguió perpetuando por un tiempo, después de que las carreteras hacia el poniente le quitaron lo remoto al centro de México.
En cambio, el actual interés local por conocer San Cristóbal, Oaxaca e incluso Guatemala, se nutre de un gusto nacido en el exterior. Estoy segura de que yo no habría tenido tantas ganas de conocer La Antigua si Anita, mi amiga gringa que exigía que se le hablara siempre sólo en español y soñaba con que Obama llegara a la presidencia (en pleno 2005), no me hubiera dicho una y otra vez "la gente es muy pobre, es muy duro. Pero, ay, es taaaaaaan bonito...tienes que ir."
Seguramente mi fascinación por esos lugares me causaría menos conflicto si viera que lo que gasto al visitarlos se distribuye de forma más justa. Supongo, también, que me voy a quedar para siempre con la duda de cómo se veían San Cristóbal y La Antigua antes de que tuvieran la multitud (relativa) de visitantes que hoy tienen. Pero, por muchas desventajas que tengan los dos fenómenos, forman parte de lo que estas preciosas ciudades son hoy, así que seguiré visitándolas cada vez que pueda.
jueves, 5 de febrero de 2009
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querida, como me gustaria que este post lo platicaramos pues es un verdadero turuntuneo, jeje, quiero decir hay tanto que comentar, pero bueno un par de cosas:
ResponderEliminarYo tuve el placer de conocer San Cristobal en junio de 1997 y era dificil encontrar un lugar barato donde dormir. Todas las casas del centro eran casas de familias, ciertamente habia mucho extranjero pero era un periodo dificil asi que no habia tanto .... como cuando fui en el 2006!!! si 9 anos despues San Cristobal ya estaba super "desarrollado" pero el paisaje humano segui inamovible. Si, habia un par de "Chedraguis", la mayoria de las casonas del centro eran hostales, San Cristobal era una ciudad enorme con sus afueras marginales y sus indigenas cargando legna.... si San Cristobal ya se habia desarrollado.....
Qué te puedo decir, Bertiux...de hecho tengo una foto que prueba que yo conocí San Cristóbal a los 5 o 6 años, pero como sólo recuerdo el hotel, el frío y que mi hermano se perdió, decidí omitir la información....tooodo un tema, como bien dices. ¿Cuándo vienes y nos echamos otro maratón de plática? Abrazos!
ResponderEliminarYo propongo ir de nuevo, así lo conozco y te doy mi opinión. Lo único que puedo decir es que me han recomendado no irme de México sin antes conocer San Cristóbal. A ver si Derrida y el Colm… nos dan un espacio…o si nosotras nos hacemos el espacio. Ahí le comentas a nuestra amiga Dani a ver si se anima…
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